El cambio de El Alto
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El Alto cumple 38 años de vida y, a lo largo de este tiempo, se ha forjado una fama de ciudad rebelde. Sin embargo y, sin perder ese perfil, ha ido ganando también la imagen de una ciudad pujante, centro del comercio y los negocios del occidente del país, además de ser la cuna de la burguesía aymara, que ostenta su riqueza en impresionantes cholets, bulladas fiestas y negocios trasatlánticos.
Este nuevo rostro de El Alto contrasta con la romántica visión del indígena que reivindica sus ancestros y que supuestamente no encaja en la vorágine del capitalismo globalizante. Esa retórica tiene mucho que ver con la filosofía del vivir bien que propugna el MAS y particularmente el vicepresidente David Choquehuanca y que, a juzgar por los hechos, está alejada de la realidad.
Los alteños son emprendedores, hombres y mujeres de negocios, buscan la profesionalización de sus hijos en las mejores universidades y asocian el vivir bien con el bienestar material. Y, a pesar de muchos, hace algunos años han empezado a expandir sus actividades económicas a la ciudad de La Paz y particularmente a la zona Sur, donde son dueños de grandes edificios, centros comerciales, mercados y todo tipo de emprendimientos.
Los habitantes de El Alto tienen sus raíces en las 20 provincias de La Paz, desde donde han migrado en busca de mejores condiciones de vida y, como suele suceder en las ciudades emergentes, el caos se ha impuesto como estilo de vida. No hay que generalizar, pero entre los problemas de esta ciudad están el escaso cumplimiento de la ley, la evasión tributaria, el casi nulo respeto al espacio público y la poca tolerancia con los diferentes.
Y, como en casi todas las ciudades, en El Alto persiste la desigualdad entre sus habitantes. Así como hay ricos que tienen mucho, hay pobres que no tienen casi nada y que se ven obligados a la más precaria informalidad para subsistir.
La inseguridad, la alta tasa de violencia familiar, los feminicidios, la violencia y abandono de los niños son otros problemas que lejos de resolverse se acentúan con el pasar del tiempo.
Políticamente, El Alto es una ciudad gravitante y, si bien en las últimas dos décadas su rol ha sido fundamental en las calles, los alteños saben que tienen todas las condiciones para aumentar su peso político en el poder central.
Ya han demostrado que no siguen consignas ni dedazos, que son capaces de decidir sin tutela de ningún tipo y, por eso, sus dos últimas alcaldesas han sido mujeres y ninguna ha llegado al cargo gracias al MAS, aunque en lo nacional el voto alteño se decanta por el denominado proceso de cambio. El Alto, por tanto, ha dejado de ser únicamente la ciudad que no se arrodilla ante el poder, ahora es una ciudad que crece y produce como lo hace Santa Cruz desde mucho antes. Felicidades alteños y alteñas, por más aniversarios pujantes.
FUENTE:
PAGINA SIETE
(06-03-2023)