La inexistencia de votos y censos monolíticos
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“El voto latino no es monolítico” es quizá la frase que mejor refleja los resultados de las elecciones intermedias del pasado martes en los Estados Unidos. Y es que en las últimas elecciones del pasado 8 de noviembre, los republicanos no obtuvieron la avalancha de votos a su favor que esperaban, pero lograron inclinar el voto latino hacia este partido considerado tradicionalmente clave para el partido demócrata.
Según la NPR (National Public Radio) las encuestas de salida muestran que 6 de cada 10 latinos votaron en estas elecciones por el partido demócrata, es decir, un 60% de las comunidades latinas. Esto constituye un decrecimiento comparado a las elecciones del 2020, cuando un 65% votó demócrata. Enfatizo comunidades porque los latinos de Florida, de Texas, de Chicago o de Virginia no pueden considerarse similares en cuanto a su experiencia histórica, política, ni cultural. Y así como el voto no es monolítico, las comunidades tampoco son ni homogéneas, ni monolíticas, ni una masa uniforme. Decir voto latino, de esta manera, es imaginar una unidad inexistente. La NPR identifica que el avance del partido republicano en las comunidades latinas es evidente en comunidades de descendencia cubana y venezolana. Miami, por ejemplo, en el condado de Dade, considerado por décadas de tendencia al voto demócrata, apoyó en estas elecciones intermedias al partido republicano.
Y así como el voto latino no es monolítico, el voto en general ni las posturas políticas deberían serlo. Las diferencias entre demócratas y republicanos son fundamentales en teoría, pero los planes de gobierno son similares y con poca frecuencia se debaten temas tan divisorios como la salud universal, la educación gratuita, o el derecho a la decisión al aborto. Sin embargo, un referendo sobre la ley del aborto fue incluida en la papeleta de votación en estados que se vieron afectados por la anulación de esta ley federal. La defensa que sí es común y defendida por todos los ciudadanos americanos es el derecho contemplado en la primera enmienda de su Constitución que garantiza la libertad de expresión, la libertad de prensa, de religión, de reunión, y el derecho a solicitar al gobierno compensación por agravios.
En nuestro país, Bolivia, el voto es al parecer considerado monolítico y los votantes una masa uniforme que no puede cambiar de postura o moverse entre partidos ni menos entre ideas. Es más, se ha eliminado progresiva y estratégicamente las opciones de los votantes. Más alarmante aún, el gobierno interfiere en institucionas que deberían ser independientes y autónomas para direccionarlas. Nos estamos convirtiendo poco a poco en dictadura desde la democracia, en un país regido no sólo por un partido que dice representar a una mayoría, sino, y lo más peligroso, que decide por todos, incluso en temas tan vitales para la democracia como el censo.
Para el partido en gobierno, la conveniente lectura del estado monolítico de la realidad boliviana debe reflejarse en todo, en elecciones y en censos. Este estado monolítico de apoyo inalterable al gobierno sólo cambia para presentar figuras que no se ajustan a la realidad y que leen favorable, ideal, ficticia y cuestionablemente la realidad boliviana, como ocurrió en el discurso presidencial del pasado martes.
Cambiar de opinión en un votante es parte del ejercicio democrático. Aunque habrá quienes seguirán a su partido hasta las últimas consecuencias, sin importar la degradación ética y moral de sus dirigentes, otros optarán por no apoyar y decidir no votar más por ese partido. Eso al parecer no se toma en cuenta en Bolivia, ni en elecciones, ni en censos, ni en cualquier ejercicio democrático ejecutado con transparencia. Al parecer el porcentaje de apoyo de la población debe parecer siempre inalterable no sólo hacia el gobierno, sino a los vestigios de un partido acostumbrado a confundir, a manipular, a decidir por decreto, por ley, por cambios arbitrarios que debilitan la democracia.
El voto no es ni debe ser monolítico. El censo, como instrumento que mide el número de habitantes por regiones, así como su realidad, su movimiento y actividad, tampoco. En los últimos diez años departamentos como Santa Cruz han mostrado un desarrollo significativo en comparación a los demás departamentos gracias, en gran parte, a la inmigración de habitantes y grupos postergados por el gobierno. El hecho de que, a decir de una amiga, “más de la mitad de Sucre viva ahora en Santa Cruz”, así como habitantes de otras ciudades, dice mucho no tanto de las oportunidades que abrió Santa Cruz para sus compatriotas, sino a las oportunidades que negó el partido y el gobierno a departamentos que abiertamente lo criticaron en los últimos años. El censo no es monolítico ni lo será, aunque esperemos dos años más para sugerir lo contrario y usarlo como ventaja política.
FUENTE:
PAGINA SIETE
(10-11-2022)