Tradición con saldo trágico

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En medio de pedidos de justicia por la muerte de un estudiante en el ensayo general, y de reivindicaciones sobre la importancia de la cultura y la tradición, entre otros aspectos, se realizó este fin de semana la XXXIII Entrada Folklórica Universitaria, uno de los eventos más esperados en La Paz. Evidentemente, hubo despliegue de música y baile, también de coloridas vestimentas y creatividad en las coreografías y esto, quién puede negarlo, constituye un espectáculo del que disfruta la ciudadanía cada año (como sucede con el Gran Poder y con las fiestas de Carnaval). Pero, sin ánimo de poner sombra de duda sobre cuán valioso es preservar y ensalzar nuestras tradiciones y promover espectáculos que reafirmen nuestras raíces y costumbres, hay que coincidir en que cada una de estas celebraciones es, asimismo, una exhibición de excesos en el consumo de bebidas alcohólicas (y seguramente otras sustancias) que pasan del ámbito de lo privado a lo público; es decir, no solo competen a quien las consume desproporcionalmente, sino que afecta al bienestar de los ciudadanos, que no es otra cosa que el bien común. No vamos a hacer acá una apología a la moral, ni pretender que la diversión –tan estrechamente ligada al alcohol en nuestro país- sea limitada bajo circunstancia alguna, pero cuando un evento pasa de ser un espacio para la recreación a ser un riesgo a la salud y seguridad pública, es preciso reflexionar. La Entrada Universitaria empezó con una víctima. Un estudiante de Arquitectura fue asesinado en circunstancias aún no esclarecidas en una fiesta realizada por la preentrada (ensayo general que se realiza la semana previa con el objetivo de “practicar”). Luego del asesinato, varios estudiantes pidieron la suspensión de la entrada de la “U”. Sin embargo, el Honorable Consejo Universitario (HCU) resolvió el miércoles ratificar la realización del encuentro folklórico con el refuerzo de medidas de prevención. ¿Cuáles fueron estas medidas? No quedó muy claro, excepto la exhortación a los bailarines y asistentes para que no se excedan en el consumo de bebidas alcohólicas pues, según se pudo constatar el día de la fiesta, el expendio de las mismas gozó de amplia libertad. Tanto así que otra persona perdió la vida al caer de una de las tarimas, completamente alcoholizada. El joven de 27 años, que era comerciante, estaba presenciando la entrada y bebiendo, hasta que perdió el control y cayó de una altura de 10 metros. Pero para que quede claro que no es un asunto solamente de irresponsabilidad e ímpetu juvenil, una señora de 60 años que presenciaba el espectáculo quedó herida, luego de recibir en la cara el impacto de una botella de vino. Sobran las palabras. Evidentemente, una pausa de dos años y medio por pandemia tenía a los jóvenes estudiantes más impacientes por bailar que por cualquier otra cosa, pero lo cierto es que lo mismo puede decirse de sus autoridades. En medio de escándalos con las dirigencias universitarias acusadas de corrupción, la universidad prefiere dar un paso adelante y tapar con diversión lo que no puede resolver por estar en sus entrañas: el tráfico de influencias y de poder entre sus dirigentes. Es bueno insistir una vez más: no se trata de restarle valor a la cultura y a la tradición, ni siquiera de limitar la diversión y los espectáculos, pero que una casa de estudios superiores no pueda lograr que esa fiesta tan entrañable deje de ser el espacio para fomentar el exceso que afecta al resto de la sociedad es lamentable. Capítulo aparte merece la reflexión de cuán alcoholizados son todos y cada uno de los festejos en el país; al menos la venta de bebidas en las calles debiera ser controlada tanto en cantidad como en calidad, pero al parecer ni todas las autoridades universitarias y ediles juntas pueden cambiar un hábito tan arraigado en nuestra sociedad; y como defender la tradición es prioritario, estamos condenados a repetirlo. Cuando un evento pasa de ser un espacio para la recreación, a ser un riesgo para la salud y seguridad pública, hay que reflexionar. Al parecer ni todas las autoridades universitarias y ediles juntas pueden cambiar un hábito tan arraigado en nuestra sociedad.
FUENTE: PAGINA SIETE             (25-10-2022)